La primera cerveza la probó allá como a los diecisiete años. Le gustó mucho, no por su sabor, sino por el efecto que le ocasionó: una corriente tibia y agradable le recorrió en las venas; los sentidos se le agudizaron; la timidez que lo caracterizaba se convirtió en osadía y audacidad; su vocabulario se hizo más flexible. Una sed incontrolable lo invadió.
De allí en adelante nadie lo paró. Empezó a frecuentar bares y cantinas los viernes por las tardes, a la salida de clases. Y pronto conoció nuevos amigos. Probó otras drogas. Su mundo cambió. Dejó la escuela y los planes para una carrera universitaria se vinieron a pique.
“Rogel, ya casi es la hora del almuerzo, ¿quiere que le ayude a levantarse?”, le dijo la enfermera, que siempre llegaba a esa hora. “No, gracias. No tengo hambre”, le respondió él. “Pero necesita comer…”, insistió ella. No hubo respuesta.
Su alcoholismo se disparó con el correr de los días. Entonces se le vio en las cantinas del barrio, en medio de borrachines desahuciados. Bebía para vivir y vivía para beber. El alcohol era ya un medicamento que debía ingerir para mantenerse en pie Sus amistades de antaño le habían dado la espalda, incluso su familia. Sólo su madre lo buscó por aquellas calles de muerte. A veces lo encontraba solo o acompañado de algunos bolitos. Ella lo llevaba a la casa y le preparaba comida, lo cuidaba y lo aconsejaba. La mamá le rezaba al Corazón de Jesús y lloraba en silencio.
“Tu alcoholismo es crónico, Rogel”, le dijo el doctor. “Cuando salgas de aquí, busca un lugar donde te puedas recuperar. Te sugiero que vayas a uno de tantos grupos de Alcohólicos Anónimos que existen en el país. Y la clave para tu recuperación será: aceptar tu derrota ante el alcohol; que tienes un problema serio; que padeces de una enfermedad insidiosa, progresiva y de fatales consecuencias llamada alcoholismo”.
El muchacho salió del hospital, y ya en la calle, recibió una corriente de aire nuevo y fresco, a pesar del ambiente turbio y sucio. Y recordó los consejos de su médico.
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